Legado_capítulo 2

Hoy es 25. Así que aquí está, mi segundo capítulo. Espero que sea de su agrado.

2 El doctor Ferrer entró al laboratorio. Era la hora de la comida por lo que tenía el lugar para él solo. La mayoría de los trabajadores se encontraban reunidos disfrutando de aquel tiempo que les permitía relajarse antes de regresar a sus estresantes labores. Le tenía aversión a la cafetería debido a que la comida que servía no era de su agrado. Le causaba la impresión de que era incolora e insabora. Además de que no disfrutaba de la compañía, en números grandes, de sus compañeros. No era un hombre antisocial sino que simplemente gustaba disfrutar de una buena conversación con dos o tres interlocutores en lugar de compartir una serie de comentarios sin sentido.
“Doctor Ferrer, lo vi salir. No pensé que regresaría tan pronto.”
“Doctora Lanstrom, pensé que no habría nadie a esta hora, como es la hora del almuerzo.”
“Sí, sí. De hecho me dirijo hacia allá en este momento. Pero usted sí que regresó rápido.”
“Este... sí. Necesito hacer unas llamadas y...”
“Aun sigue sin convencerle la comida de la cafetería, ¿eh, doctor?”, preguntó sonriendo al tiempo que le tomaba del antebrazo. “No te preocupes, yo aun no me acostumbró”, susurró.
Lanstrom era nueva en aquella institución. Sueca de origen, contaba con altas recomendaciones como una de las mejores especialistas en el campo de las epidemias. Aunque muchos aun se encontraban intimidados por su reputación y mantenían las relaciones con ella en el plano de tener un buen ambiente de trabajo, ella había entablado buenas migas con Ferrer. De hecho el buen doctor disfrutaba de su compañía y le tenía en alta estima como colega, y aunque aun no se habían visto en la necesidad de trabajar juntos en alguna tarea, ambos no veían el momento de que aquel llegara.
“Ahora que ya está aquí supongo que puedo encargarle mis simulaciones, ¿no es así, doctor?”
“¿Simulaciones? ¿estás a cargo de algo? No tenía idea de que algún protocolo hubiera sido autorizado recientemente.”
“Aquí siempre se autoriza algo nuevo cada día.”, dijo Lanstrom con una sonrisa. “No hay tiempo para aburrirse”.
Ferrer sonrió, festejando el comentario de su colega.
“¿En qué está trabajando en estos días, eh?”, dirigiéndose a su área de trabajo donde un grupo de ordenadores se encontraban ejecutando un numero de simulaciones simultáneas.
“¿Recuerda la nueva cepa que apareció hace unas semanas en terreno danés?”
“El gobierno danés nunca estuvo más contento de tenernos en dentro de su territorio”.
“Es lo bueno de ser un grupo multinacional. Pues bien, se me ha encargado determinar cuales son los alcances y posibilidades de nuestro nuevo huésped”, señalando el poderoso microscopio nuclear. Ferrer se asomó a las lentes. Lo visto no despertó su curiosidad en lo mínimo.
“Que pérdida de tiempo... y talento.”, agregó.
“No sea cruel”, replicó la doctora, pasando por alto el mal velado cumplido. “Esta cepa ha de cumplir un rol. Su repentina aparición no ha sido gratuita, y es para eso que estamos nosotros, para descubrir el por qué”.
“La gripe común hace más daño”, declaró solemnemente Ferrer. “Por lo que se ve esta cepa es... débil. No podría infectar siquiera a una hormiga. Y aun si lo hiciera, dudo que pudiera causarle algún mal”.
“Coincido con usted. Pero si es tan débil como los primeros estudios parecen confirmarlo, podría decirme, ¿qué hace aquí?, ¿cómo es que surgió?”
Ferrer guardó silencio por unos segundos. “¿Ha intentado rastrear...?”
“Conduje una análisis exhaustivo del área. Animales, seres humanos, suelo, agua, incluso aire arrojaron cero resultados de ser portadores. Y sin embargo, la cepa está ahí. Existe”.
“Pero el paciente cero es...”
“¿... un ser humano? Así es, no hay duda. Pero a pesar de los síntoma iniciales: fiebre, escalofrío, dolor corporal, vómito ocasional, no hay más rastro de la cepa. Es como si se hubiera ... 'apagado', por encontrar un término mejor. Curioso, ¿no cree?”
“Sí, en efecto pero... este paciente cero, ¿hay algo sobre él?, ¿ha podido proporcionar alguna información que arroje un poco de luz?,...”
“No. Nada de lo que ha dicho, que no ha sido mucho, por no decir nada, ha sido de ayuda. De hecho no recuerda nada de lo hecho en los días previos a que manifestara los síntomas. Hemos investigado sus antecedentes y realizado análisis de su ambiente pero también han sido infructuosos.”
El doctor Ferrer guardó silencio. Sentía la emoción de lo desconocido, sensación que siempre acompañaba su trabajo pero que la cotidianidad había terminado por 'domesticar'. Pero esta vez era diferente. Era una curiosidad viva y que empezaba a invadir todos sus sentidos.
“Pero no todo fue una total pérdida”, sentenció Lanstrom, asumiendo la actitud del mago que se guarda lo mejor para el final. “Aquel sujeto pudo proporcionarnos algo con lo que trabajar. Dijo que empezó a sentirse mal poco más que descubrió aquel rasguño en su cuello”.
“¿Rasguño?, ¿qué...?”
No pudo terminar la pregunta. La doctora se le adelantó, y una imagen apareció en la única pantalla de cristal líquido que hasta hace unos minutos se encontraba sin funcionar.
“Parece el rasguño de... un gato”, al tiempo que volteaba a ver a su colega.
“Eso parece. Al menos el de uno pequeño. Y antes de que pregunte, sí, he establecido y autorizado una revisión de todos los felinos del lugar. Hemos empezado por los domésticos, y hasta el momento los resultados han sido negativos. Apenas terminemos con ellos, seguiremos con los callejeros. No puedo esperar”, esta ultima frase fue pronunciada con sarcasmo, arrancando esta vez una sonrisa de los labios de Ferrer.
“No veo ningún gato por aquí”
“Están en otra área del complejo. Se consideró que no era buena idea tenerlos aquí. Además, los ratones son casi de la familia”.
Hasta aquella mención, él no se había fijado en los roedores en la jaula. La conversación con la doctora Lanstrom había sido tan absorbente aislándolo momentáneamente de todo aquello que no tuviera relación con el tema discutido. Sin embargo, las pequeñas criaturas sí estaban relacionadas.
“He inyectado a un pequeño grupo de tres con la cepa del virus. Eso fue hace 72 horas y no han mostrado síntoma alguno. Están tan sanos como el día que salieron de su madre. Crías 100% sanas. No hay rastro de algún patógeno extraño en su sistema”.
“¿Y el grupo de control?”
“Les inyecté un compuesto antiviral básico. Y cuando digo básico, quiero decir MUY básico. No he visto la necesidad de algo más complejo, debido a la estructura inocua y débil de la cepa”.
“Aparentemente”, dijo Ferrer, lacónicamente .
“Así es, aparentemente”, coincidió ella. “Por eso es que las simulaciones son importantes. Tal vez puedan arrojar un poco de luz sobre este asunto”.
“No se preocupe, doctora Lanstrom. Estaré pendiente de su trabajo, y si se presenta algo le avisaré de inmediato”.
“Gracias, doctor Ferrer”, expresó con exagerada diplomacia. “Le deberé una”. Ferrer sintió que le subía el color.
La doctora se dirigió a la puerta que la sacaría del laboratorio pero antes de atravesarla pareció recordar algo.
“¡Ah!, y mis ratones. No olvide mis ratones”.
“Váyase”
Joseph Ferrer entró al pequeño despacho donde se realizaba la mayoría del papeleo burocrático relacionado con aquella área. Una amplia ventana permitía ver la mayoría del laboratorio. Cerró tras de sí y tomó asiento tras del escritorio. Sacó una llave del bolsillo y abrió uno de los cajones. Tomó una bolsa de papel y la depositó. Extrajo de ella un emparedado de jamón, soya y queso blanco, con mostaza dulce como aderezo. Dos cubiertas de centeno envolvían el contenido. Una lata de cerveza de raíz junto con un par de nueces cerraban el cuadro de lo que era su almuerzo. Con parsimonia le dio una mordida al emparedado. Por unos momentos mantuvo el bocado en el interior. Parecía que no masticaba pero sí lo hacía, solo que muy lentamente. Pensaba su conversación con la doctora Lanstrom, y lo que estaba sucediendo con aquella cepa recién descubierta. Curioso. Sí, en efecto. Curioso y enigmático. Si la doctora obtenía buenos resultados entonces aquellas criaturas peludas y de cuatro patas, gustosas de aullar a la noche serían los causantes y transmisores del nuevo virus. Un virus de naturaleza tan obsoleta que pareciera estar arrebatándole su espacio a otro virus mejor constituido. Y sin embargo, regresaba al mismo punto: curioso y enigmático.
Una pequeña conmoción llamó su atención. Dejó el emparedado a un lado, mientras guardaba silencio por unos segundos. Creía que lo había imaginado cuando se escuchó nuevamente. Provenía de donde los roedores. Chillaban escandalosamente. Se llegó hasta ellos y vio que uno de ellos se agitaba presa de violentos espasmos, mientras gruesas manchas de sangre comenzaban a invadir su blanco pelaje. Ferrer se percató que estas no se encontraban en el exterior sino que algo debería estar provocándole una seria hemorragia interna a la pequeña criatura. El espectáculo era digno de poner los pelos de punta. El pequeño roedor parecía una marioneta cuyo titiritero parecía encontrar un placer cruel en causar dolor a un ser vivo. Una segunda serie de espasmos, más violentos esta vez, volvieron a sacudir al animal. Sin tomar precauciones Ferrer abrió la jaula y tomó al ratón. Las violentas sacudidas parecían haber pasado. El doctor se lo acercó con el propósito de examinar más cerca las aparentes marcas sanguíneas. Era como lo había notado instantes antes: el tenue pelaje del animal se encontraba intacto, o sea algo lo estaba desgarrando por dentro. Y era el término correcto porque curiosamente las marcas tomaban la forma de haber sido causadas por un animal. Solo que eso era imposible. Intentaba considerar las implicaciones de ello cuando una serie de espasmos volvió a asaltar al roedor, solo que esta vez más violento que Ferrer sintió que un escalofrío recorría su espalda. El animal chilló con fuerza inusitada mientras el resto que permanecía en la jaula se concentraba en un rincón de la misma en un intento por querer escapar de lo que estaba sucediendo. Ferrer no atinaba a qué hacer con la pequeña criatura cuando un ultimo espasmo dio fin a los eventos. El roedor explotó en las manos del doctor, salpicando su rostro. El no atinaba a discernir que era lo que había pasado. El ratón había explotado, sí pero no totalmente como había parecido sino que su tórax o lo que se supone lo era había explotado matándolo inmediatamente. Los ratones sobrevivientes se arremolinaron aun más como si ahora más que nunca fuera importante salir de aquel lugar. Pero no había tiempo de pensar en ello. Apenas Ferrer había notado tal comportamiento cuando sintió una opresión en su pecho llevándose la mano. ¿Un paro cardíaco? No, no ahora cuando algo bastante intrigante se presentaba ante sus ojos. Debía compartirlo con la doctora Lanstrom. Ella debía saber inmediatamente. Sí, debía llegarse a la cafetería sin demora. Si antes lograba deshacerse de ese extraño sabor que ahora experimentaba... Ferrer vomitó llenándolo de terror. Un coágulo sanguíneo de tamaño considerable yacía en el suelo del laboratorio. ¿Qué diablos estaba sucediendo? ¿qué estaba provocando tal reacción? Si hasta hace unos segundos se encontraba perfectamente. Una segunda opresión en su pecho hizo que el pequeño cuerpo del roedor escapara de su mano. Era como si algo quemara internamente la región del tórax. Una serie espasmos recorrieron su cuerpo haciéndole perder parcialmente el equilibrio. Ahogó un grito a la par que una tercera opresión lo asaltaba. Sintió que algo fluía por su rostro. Acercó la mano y un par de gotas cayeron. La nariz estaba comenzando a sangrarle. Intentó incorporarse pero le costó trabajando. Giró buscando algo con lo que ayudarse cuando su vista se nubló. Sus ojos estaban sangrándole también. Una sensación de terror puro inundó su moribundo cuerpo. La hemorragias oculares como nasal eran copiosas y ya habían empapado la parte superior de la bata y camisa. Por segunda vez pensó que tenía que hacer algo sino era el dolor del pecho sería la pérdida de sangre lo que le llevaría a la tumba.
Una última opresión pectoral desencadenó una onda de calor corporal haciendo que el buen doctor se abriera la camisa en un intento por conseguir una frescura que no llegaba. Un grito resonó por el lugar al tiempo que el doctor Ferrer se desplomaba sobre el suelo del lugar, mostrando signos de una alarmante hemorragia en ojos y nariz; mientras en su pecho desnudo se empezaban a dibujar, internamente las marcas sanguíneas de lo que parecían ser las garras de un animal.

No había marcha. Si quería que funcionara había que tener determinación y seguir adelante. Y vaya que Alberto quería que funcionara. Habían transcurrido apenas cuatro meses pero todo había pintado muy bien desde el principio. Al primer cruce de palabras con óptimo resultado le había seguido una salida a cenar y la asistencia a la presentación de un libro. No hubo presión por ninguna de las dos partes y las siguientes citas se dieron de manera casi natural. Cuando ambos se percataron ya había transcurrido cerca de un mes y aunque no eran gustosos de caravanas cursis decidieron formalizar su relación y mostrarla sin mucho tapujo. Aunque a él, Alberto, le resultaba difícil en ciertas ocasiones. No se arrepentía solo que tal dinámica siempre le había parecido tan lejana a él, acostumbrado al símil de las relaciones como un gran juego de azar donde él siempre llevaba la peor parte. Pero ahora le había tocado ganar y ante sus dudas e inseguridades le habían mostrado una paciencia que a cualquiera halagaría. Y ahora, apenas a 2 semanas de cumplirse seis meses de estar juntos se le había pedido mudarse a un mismo apartamento. Un paso importante en cualquier relación que no podía tomarse a la ligera y aunque no le había tomado mucho tiempo dar su aceptación consideraba en cualquier momento posible las implicaciones, positivas o negativas, de tal acto. La primera y la que le había causado cierta intranquilidad estaba relacionada con el ambiente un tanto puritano del edificio que sería su nuevo hogar. Pero nada que no pudiera arreglarse con decir que eran un par de amigos compartiendo el lugar. Respuesta que había calmado por el momento a los administradores del lugar y a los vecinos inmediatos. Aunque su compañero tenía fuerte convicción por no negar lo que era y mostrarse tal cual, había ciertas situaciones que demandaban un acercamiento más convencional por así decirlo. Ahora se encontraba en su hogar, en el día exacto en que los seis meses tocaban, con total convencimiento y para nada arrepentido de lo que había hecho. Su determinación era fuerte y le hacía decirse que él era parte importante del funcionamiento de aquella relación.
Por eso es que ahora se encontraba ahí, metido en la cocina desde las 4 de la tarde, para tener un detalle. Aunque no había necesidad de ello, y él área de la cocina estaba de más ya que ambos eran seguidores de comer fuera, Alberto quería que esta noche fuera especial. Un mar de trastos, algunos de ellos con señas de haber contenido algo, y otros conteniéndolo cubrían todas y cada una de las superficies en las que se podía depositar algo. A pesar de ser la primera vez que se embarcaba en una tarea de tal índole las cosas no pintaban mal. A los iniciales titubeos y fracasos, las cosas habían tomado su camino y el lugar olía bastante bien. Quizá sí servía para ello, y había descubierto una nueva profesión. Lo hablaría y, aunque no sacaran nada en concreto, los haría reír. Verificó la hora. Aun faltaba para que llegara pero no había que confiarse. No deseaba que se topara con el espectáculo que tenía montado. Deseaba que todo fuera perfecto ese día. ¿No acaso todos los enamorados es lo que quieren en los días que consideran especiales?
Alberto se inclinó a sacar algo del horno cuando llamaron a la puerta. Angustiado volteó a ver el reloj. No se suponía que llegara. No pudo evitar sentirse molesto. Aunque hubiera tiempo de sobra él sabía que debía presentarse en el apartamento hasta cierta hora. Y aparte llamaba a la puerta, ¿dónde se supone que estaban sus llaves? Una segunda serie de golpes a la puerta no le dejó más remedio que abandonar lo que estaba a punto de hacer.
“Es increíble que la primera vez que olvidas las llaves sea en un día como este”
Se escuchó un “Lo siento” detrás de la puerta y apenas audible. La puerta se abrió pero sin dar oportunidad se giró dando la espalda al recién llegado, encaminándose a la cocina. “Discúlpame, Conrado pero tengo algo en el horno”.
El aludido no dijo palabra y permaneció por un momento en el umbral, hasta que decidió entrar.
“No te preocupes, amor. Traje a alguien a cenar”
Al tiempo que una sonrisa asesina se dibujaba en su rostro mientras que su mano izquierda estaba bañada en sangre que goteaba.
La puerta se cerró tras de sí.

Diana tomó a su pequeña hija levantándole por los aires. Una sonrisa suave se dibujó en el rostro de la niña, arrancando también una a su madre. Se acercaron a la pequeña tina de plástico situada encima de una mesa ubicada en el centro de la pequeña habitación que servía como sala y comedor. Una pequeña cama plegable daba testimonio de que también servía como recámara. No obstante la carencia de espacio, el lugar lucía acogedor. La joven madre hundió la mano en la tina para comprobar su temperatura. Hecho esto volvió a levantar a la niña por los aires y terminó metiéndola en el agua. Era una noche plácida y tranquila. Por algunas ventanas se veía a los inquilinos ya fuera absortos en el televisor, comiendo algo o simplemente preparándose para ir a descansar de un ajetreado día. Para la joven madre, empleada de una casa de moda en el centro, las ultimas horas del día prefería pasarlas jugando con su hija, disfrutando de su compañía. O al menos así le parecía a la figura que atentamente seguía cada uno de sus pasos.
“Patética criatura”, murmuró para sí. Apartó la vista y se dirigió a un destinatario invisible.
“Milord... encontré a Lady Sif”, y llevó su mano a la daga que llevaba en su cintura.

Posted by Martin | at 9:44 AM | 1 comments