Legado_capítulo 2

Hoy es 25. Así que aquí está, mi segundo capítulo. Espero que sea de su agrado.

2 El doctor Ferrer entró al laboratorio. Era la hora de la comida por lo que tenía el lugar para él solo. La mayoría de los trabajadores se encontraban reunidos disfrutando de aquel tiempo que les permitía relajarse antes de regresar a sus estresantes labores. Le tenía aversión a la cafetería debido a que la comida que servía no era de su agrado. Le causaba la impresión de que era incolora e insabora. Además de que no disfrutaba de la compañía, en números grandes, de sus compañeros. No era un hombre antisocial sino que simplemente gustaba disfrutar de una buena conversación con dos o tres interlocutores en lugar de compartir una serie de comentarios sin sentido.
“Doctor Ferrer, lo vi salir. No pensé que regresaría tan pronto.”
“Doctora Lanstrom, pensé que no habría nadie a esta hora, como es la hora del almuerzo.”
“Sí, sí. De hecho me dirijo hacia allá en este momento. Pero usted sí que regresó rápido.”
“Este... sí. Necesito hacer unas llamadas y...”
“Aun sigue sin convencerle la comida de la cafetería, ¿eh, doctor?”, preguntó sonriendo al tiempo que le tomaba del antebrazo. “No te preocupes, yo aun no me acostumbró”, susurró.
Lanstrom era nueva en aquella institución. Sueca de origen, contaba con altas recomendaciones como una de las mejores especialistas en el campo de las epidemias. Aunque muchos aun se encontraban intimidados por su reputación y mantenían las relaciones con ella en el plano de tener un buen ambiente de trabajo, ella había entablado buenas migas con Ferrer. De hecho el buen doctor disfrutaba de su compañía y le tenía en alta estima como colega, y aunque aun no se habían visto en la necesidad de trabajar juntos en alguna tarea, ambos no veían el momento de que aquel llegara.
“Ahora que ya está aquí supongo que puedo encargarle mis simulaciones, ¿no es así, doctor?”
“¿Simulaciones? ¿estás a cargo de algo? No tenía idea de que algún protocolo hubiera sido autorizado recientemente.”
“Aquí siempre se autoriza algo nuevo cada día.”, dijo Lanstrom con una sonrisa. “No hay tiempo para aburrirse”.
Ferrer sonrió, festejando el comentario de su colega.
“¿En qué está trabajando en estos días, eh?”, dirigiéndose a su área de trabajo donde un grupo de ordenadores se encontraban ejecutando un numero de simulaciones simultáneas.
“¿Recuerda la nueva cepa que apareció hace unas semanas en terreno danés?”
“El gobierno danés nunca estuvo más contento de tenernos en dentro de su territorio”.
“Es lo bueno de ser un grupo multinacional. Pues bien, se me ha encargado determinar cuales son los alcances y posibilidades de nuestro nuevo huésped”, señalando el poderoso microscopio nuclear. Ferrer se asomó a las lentes. Lo visto no despertó su curiosidad en lo mínimo.
“Que pérdida de tiempo... y talento.”, agregó.
“No sea cruel”, replicó la doctora, pasando por alto el mal velado cumplido. “Esta cepa ha de cumplir un rol. Su repentina aparición no ha sido gratuita, y es para eso que estamos nosotros, para descubrir el por qué”.
“La gripe común hace más daño”, declaró solemnemente Ferrer. “Por lo que se ve esta cepa es... débil. No podría infectar siquiera a una hormiga. Y aun si lo hiciera, dudo que pudiera causarle algún mal”.
“Coincido con usted. Pero si es tan débil como los primeros estudios parecen confirmarlo, podría decirme, ¿qué hace aquí?, ¿cómo es que surgió?”
Ferrer guardó silencio por unos segundos. “¿Ha intentado rastrear...?”
“Conduje una análisis exhaustivo del área. Animales, seres humanos, suelo, agua, incluso aire arrojaron cero resultados de ser portadores. Y sin embargo, la cepa está ahí. Existe”.
“Pero el paciente cero es...”
“¿... un ser humano? Así es, no hay duda. Pero a pesar de los síntoma iniciales: fiebre, escalofrío, dolor corporal, vómito ocasional, no hay más rastro de la cepa. Es como si se hubiera ... 'apagado', por encontrar un término mejor. Curioso, ¿no cree?”
“Sí, en efecto pero... este paciente cero, ¿hay algo sobre él?, ¿ha podido proporcionar alguna información que arroje un poco de luz?,...”
“No. Nada de lo que ha dicho, que no ha sido mucho, por no decir nada, ha sido de ayuda. De hecho no recuerda nada de lo hecho en los días previos a que manifestara los síntomas. Hemos investigado sus antecedentes y realizado análisis de su ambiente pero también han sido infructuosos.”
El doctor Ferrer guardó silencio. Sentía la emoción de lo desconocido, sensación que siempre acompañaba su trabajo pero que la cotidianidad había terminado por 'domesticar'. Pero esta vez era diferente. Era una curiosidad viva y que empezaba a invadir todos sus sentidos.
“Pero no todo fue una total pérdida”, sentenció Lanstrom, asumiendo la actitud del mago que se guarda lo mejor para el final. “Aquel sujeto pudo proporcionarnos algo con lo que trabajar. Dijo que empezó a sentirse mal poco más que descubrió aquel rasguño en su cuello”.
“¿Rasguño?, ¿qué...?”
No pudo terminar la pregunta. La doctora se le adelantó, y una imagen apareció en la única pantalla de cristal líquido que hasta hace unos minutos se encontraba sin funcionar.
“Parece el rasguño de... un gato”, al tiempo que volteaba a ver a su colega.
“Eso parece. Al menos el de uno pequeño. Y antes de que pregunte, sí, he establecido y autorizado una revisión de todos los felinos del lugar. Hemos empezado por los domésticos, y hasta el momento los resultados han sido negativos. Apenas terminemos con ellos, seguiremos con los callejeros. No puedo esperar”, esta ultima frase fue pronunciada con sarcasmo, arrancando esta vez una sonrisa de los labios de Ferrer.
“No veo ningún gato por aquí”
“Están en otra área del complejo. Se consideró que no era buena idea tenerlos aquí. Además, los ratones son casi de la familia”.
Hasta aquella mención, él no se había fijado en los roedores en la jaula. La conversación con la doctora Lanstrom había sido tan absorbente aislándolo momentáneamente de todo aquello que no tuviera relación con el tema discutido. Sin embargo, las pequeñas criaturas sí estaban relacionadas.
“He inyectado a un pequeño grupo de tres con la cepa del virus. Eso fue hace 72 horas y no han mostrado síntoma alguno. Están tan sanos como el día que salieron de su madre. Crías 100% sanas. No hay rastro de algún patógeno extraño en su sistema”.
“¿Y el grupo de control?”
“Les inyecté un compuesto antiviral básico. Y cuando digo básico, quiero decir MUY básico. No he visto la necesidad de algo más complejo, debido a la estructura inocua y débil de la cepa”.
“Aparentemente”, dijo Ferrer, lacónicamente .
“Así es, aparentemente”, coincidió ella. “Por eso es que las simulaciones son importantes. Tal vez puedan arrojar un poco de luz sobre este asunto”.
“No se preocupe, doctora Lanstrom. Estaré pendiente de su trabajo, y si se presenta algo le avisaré de inmediato”.
“Gracias, doctor Ferrer”, expresó con exagerada diplomacia. “Le deberé una”. Ferrer sintió que le subía el color.
La doctora se dirigió a la puerta que la sacaría del laboratorio pero antes de atravesarla pareció recordar algo.
“¡Ah!, y mis ratones. No olvide mis ratones”.
“Váyase”
Joseph Ferrer entró al pequeño despacho donde se realizaba la mayoría del papeleo burocrático relacionado con aquella área. Una amplia ventana permitía ver la mayoría del laboratorio. Cerró tras de sí y tomó asiento tras del escritorio. Sacó una llave del bolsillo y abrió uno de los cajones. Tomó una bolsa de papel y la depositó. Extrajo de ella un emparedado de jamón, soya y queso blanco, con mostaza dulce como aderezo. Dos cubiertas de centeno envolvían el contenido. Una lata de cerveza de raíz junto con un par de nueces cerraban el cuadro de lo que era su almuerzo. Con parsimonia le dio una mordida al emparedado. Por unos momentos mantuvo el bocado en el interior. Parecía que no masticaba pero sí lo hacía, solo que muy lentamente. Pensaba su conversación con la doctora Lanstrom, y lo que estaba sucediendo con aquella cepa recién descubierta. Curioso. Sí, en efecto. Curioso y enigmático. Si la doctora obtenía buenos resultados entonces aquellas criaturas peludas y de cuatro patas, gustosas de aullar a la noche serían los causantes y transmisores del nuevo virus. Un virus de naturaleza tan obsoleta que pareciera estar arrebatándole su espacio a otro virus mejor constituido. Y sin embargo, regresaba al mismo punto: curioso y enigmático.
Una pequeña conmoción llamó su atención. Dejó el emparedado a un lado, mientras guardaba silencio por unos segundos. Creía que lo había imaginado cuando se escuchó nuevamente. Provenía de donde los roedores. Chillaban escandalosamente. Se llegó hasta ellos y vio que uno de ellos se agitaba presa de violentos espasmos, mientras gruesas manchas de sangre comenzaban a invadir su blanco pelaje. Ferrer se percató que estas no se encontraban en el exterior sino que algo debería estar provocándole una seria hemorragia interna a la pequeña criatura. El espectáculo era digno de poner los pelos de punta. El pequeño roedor parecía una marioneta cuyo titiritero parecía encontrar un placer cruel en causar dolor a un ser vivo. Una segunda serie de espasmos, más violentos esta vez, volvieron a sacudir al animal. Sin tomar precauciones Ferrer abrió la jaula y tomó al ratón. Las violentas sacudidas parecían haber pasado. El doctor se lo acercó con el propósito de examinar más cerca las aparentes marcas sanguíneas. Era como lo había notado instantes antes: el tenue pelaje del animal se encontraba intacto, o sea algo lo estaba desgarrando por dentro. Y era el término correcto porque curiosamente las marcas tomaban la forma de haber sido causadas por un animal. Solo que eso era imposible. Intentaba considerar las implicaciones de ello cuando una serie de espasmos volvió a asaltar al roedor, solo que esta vez más violento que Ferrer sintió que un escalofrío recorría su espalda. El animal chilló con fuerza inusitada mientras el resto que permanecía en la jaula se concentraba en un rincón de la misma en un intento por querer escapar de lo que estaba sucediendo. Ferrer no atinaba a qué hacer con la pequeña criatura cuando un ultimo espasmo dio fin a los eventos. El roedor explotó en las manos del doctor, salpicando su rostro. El no atinaba a discernir que era lo que había pasado. El ratón había explotado, sí pero no totalmente como había parecido sino que su tórax o lo que se supone lo era había explotado matándolo inmediatamente. Los ratones sobrevivientes se arremolinaron aun más como si ahora más que nunca fuera importante salir de aquel lugar. Pero no había tiempo de pensar en ello. Apenas Ferrer había notado tal comportamiento cuando sintió una opresión en su pecho llevándose la mano. ¿Un paro cardíaco? No, no ahora cuando algo bastante intrigante se presentaba ante sus ojos. Debía compartirlo con la doctora Lanstrom. Ella debía saber inmediatamente. Sí, debía llegarse a la cafetería sin demora. Si antes lograba deshacerse de ese extraño sabor que ahora experimentaba... Ferrer vomitó llenándolo de terror. Un coágulo sanguíneo de tamaño considerable yacía en el suelo del laboratorio. ¿Qué diablos estaba sucediendo? ¿qué estaba provocando tal reacción? Si hasta hace unos segundos se encontraba perfectamente. Una segunda opresión en su pecho hizo que el pequeño cuerpo del roedor escapara de su mano. Era como si algo quemara internamente la región del tórax. Una serie espasmos recorrieron su cuerpo haciéndole perder parcialmente el equilibrio. Ahogó un grito a la par que una tercera opresión lo asaltaba. Sintió que algo fluía por su rostro. Acercó la mano y un par de gotas cayeron. La nariz estaba comenzando a sangrarle. Intentó incorporarse pero le costó trabajando. Giró buscando algo con lo que ayudarse cuando su vista se nubló. Sus ojos estaban sangrándole también. Una sensación de terror puro inundó su moribundo cuerpo. La hemorragias oculares como nasal eran copiosas y ya habían empapado la parte superior de la bata y camisa. Por segunda vez pensó que tenía que hacer algo sino era el dolor del pecho sería la pérdida de sangre lo que le llevaría a la tumba.
Una última opresión pectoral desencadenó una onda de calor corporal haciendo que el buen doctor se abriera la camisa en un intento por conseguir una frescura que no llegaba. Un grito resonó por el lugar al tiempo que el doctor Ferrer se desplomaba sobre el suelo del lugar, mostrando signos de una alarmante hemorragia en ojos y nariz; mientras en su pecho desnudo se empezaban a dibujar, internamente las marcas sanguíneas de lo que parecían ser las garras de un animal.

No había marcha. Si quería que funcionara había que tener determinación y seguir adelante. Y vaya que Alberto quería que funcionara. Habían transcurrido apenas cuatro meses pero todo había pintado muy bien desde el principio. Al primer cruce de palabras con óptimo resultado le había seguido una salida a cenar y la asistencia a la presentación de un libro. No hubo presión por ninguna de las dos partes y las siguientes citas se dieron de manera casi natural. Cuando ambos se percataron ya había transcurrido cerca de un mes y aunque no eran gustosos de caravanas cursis decidieron formalizar su relación y mostrarla sin mucho tapujo. Aunque a él, Alberto, le resultaba difícil en ciertas ocasiones. No se arrepentía solo que tal dinámica siempre le había parecido tan lejana a él, acostumbrado al símil de las relaciones como un gran juego de azar donde él siempre llevaba la peor parte. Pero ahora le había tocado ganar y ante sus dudas e inseguridades le habían mostrado una paciencia que a cualquiera halagaría. Y ahora, apenas a 2 semanas de cumplirse seis meses de estar juntos se le había pedido mudarse a un mismo apartamento. Un paso importante en cualquier relación que no podía tomarse a la ligera y aunque no le había tomado mucho tiempo dar su aceptación consideraba en cualquier momento posible las implicaciones, positivas o negativas, de tal acto. La primera y la que le había causado cierta intranquilidad estaba relacionada con el ambiente un tanto puritano del edificio que sería su nuevo hogar. Pero nada que no pudiera arreglarse con decir que eran un par de amigos compartiendo el lugar. Respuesta que había calmado por el momento a los administradores del lugar y a los vecinos inmediatos. Aunque su compañero tenía fuerte convicción por no negar lo que era y mostrarse tal cual, había ciertas situaciones que demandaban un acercamiento más convencional por así decirlo. Ahora se encontraba en su hogar, en el día exacto en que los seis meses tocaban, con total convencimiento y para nada arrepentido de lo que había hecho. Su determinación era fuerte y le hacía decirse que él era parte importante del funcionamiento de aquella relación.
Por eso es que ahora se encontraba ahí, metido en la cocina desde las 4 de la tarde, para tener un detalle. Aunque no había necesidad de ello, y él área de la cocina estaba de más ya que ambos eran seguidores de comer fuera, Alberto quería que esta noche fuera especial. Un mar de trastos, algunos de ellos con señas de haber contenido algo, y otros conteniéndolo cubrían todas y cada una de las superficies en las que se podía depositar algo. A pesar de ser la primera vez que se embarcaba en una tarea de tal índole las cosas no pintaban mal. A los iniciales titubeos y fracasos, las cosas habían tomado su camino y el lugar olía bastante bien. Quizá sí servía para ello, y había descubierto una nueva profesión. Lo hablaría y, aunque no sacaran nada en concreto, los haría reír. Verificó la hora. Aun faltaba para que llegara pero no había que confiarse. No deseaba que se topara con el espectáculo que tenía montado. Deseaba que todo fuera perfecto ese día. ¿No acaso todos los enamorados es lo que quieren en los días que consideran especiales?
Alberto se inclinó a sacar algo del horno cuando llamaron a la puerta. Angustiado volteó a ver el reloj. No se suponía que llegara. No pudo evitar sentirse molesto. Aunque hubiera tiempo de sobra él sabía que debía presentarse en el apartamento hasta cierta hora. Y aparte llamaba a la puerta, ¿dónde se supone que estaban sus llaves? Una segunda serie de golpes a la puerta no le dejó más remedio que abandonar lo que estaba a punto de hacer.
“Es increíble que la primera vez que olvidas las llaves sea en un día como este”
Se escuchó un “Lo siento” detrás de la puerta y apenas audible. La puerta se abrió pero sin dar oportunidad se giró dando la espalda al recién llegado, encaminándose a la cocina. “Discúlpame, Conrado pero tengo algo en el horno”.
El aludido no dijo palabra y permaneció por un momento en el umbral, hasta que decidió entrar.
“No te preocupes, amor. Traje a alguien a cenar”
Al tiempo que una sonrisa asesina se dibujaba en su rostro mientras que su mano izquierda estaba bañada en sangre que goteaba.
La puerta se cerró tras de sí.

Diana tomó a su pequeña hija levantándole por los aires. Una sonrisa suave se dibujó en el rostro de la niña, arrancando también una a su madre. Se acercaron a la pequeña tina de plástico situada encima de una mesa ubicada en el centro de la pequeña habitación que servía como sala y comedor. Una pequeña cama plegable daba testimonio de que también servía como recámara. No obstante la carencia de espacio, el lugar lucía acogedor. La joven madre hundió la mano en la tina para comprobar su temperatura. Hecho esto volvió a levantar a la niña por los aires y terminó metiéndola en el agua. Era una noche plácida y tranquila. Por algunas ventanas se veía a los inquilinos ya fuera absortos en el televisor, comiendo algo o simplemente preparándose para ir a descansar de un ajetreado día. Para la joven madre, empleada de una casa de moda en el centro, las ultimas horas del día prefería pasarlas jugando con su hija, disfrutando de su compañía. O al menos así le parecía a la figura que atentamente seguía cada uno de sus pasos.
“Patética criatura”, murmuró para sí. Apartó la vista y se dirigió a un destinatario invisible.
“Milord... encontré a Lady Sif”, y llevó su mano a la daga que llevaba en su cintura.

Posted by Martin | at 9:44 AM | 1 comments

Legado_capítulo 1

Aunque trataré de mantener cierta periodicidad pido su comprensión por los retrasos que se puedan presentar. Gracias.Y ahora el primer capítulo de esta saga.


1 El resplandor naranja se dibujó sobre el cielo trayendo consigo un silencio que duró breves momentos. El tiempo dio la impresión de transcurrir lentamente pero solo era eso, impresión. El aire pareció devorarse a sí mismo para inmediatamente explotar con fuerza inusitada. Los gritos de auxilio que hasta hace unos momentos habían sido un eco sordo esta vez se hallaron silenciados por la violenta erupción. Los no pocos afortunados hallaron la muerte al verse lanzados por los aires y terminar estrellándose. O bajo los restos de las estructuras que no resistían el embate. Aquellos con suerte sentían como su rostro y cuerpo eran abrazados por el calor de la onda que se expandía por el lugar. Haciendo difícil el pronunciar palabra alguna o atestiguar lo que estaba ocurriendo.
Eric levantó el rostro del suelo. Le dolía además de arder. Decir que había sido suerte lo que le había permitido tirarse a cubierto era una falacia. Los eventos de los últimos meses le habían transformado, dotándolo de lo necesario para sobrevivir y llegar hasta ese momento. Y este había llegado, y él se encontraba ahí. Lastimosamente se irguió. Cerró sus ojos en un intento por aclarar su vista, y limpiarla de todo el polvo que flotaba. Se quedó quieto por un momento intentando ordenar sus pensamientos pero no había tiempo para ello. Alzó la vista y vio a su alrededor: allá en lo alto del cielo uno de sus amigos luchaba con denodada entrega; mientras que entre las ruinas el resto hacía su trabajo. No parecían dar señas de cansancio o al menos así le parecía a él. Comprobó que su bolso seguía con él y se levantó completamente.
Apenas se había puesto de pie cuando el suelo bajo él tembló con violencia. Algo caliente venía del subsuelo y se expandía. Otro temblor le hizo perder el recién recuperado equilibrio. Esta vez se abrieron grietas por las que escapaban gruesas columnas de vapor. Los sobrevivientes chillaron ante lo abrupto. Un nuevo golpe de calor, de misma procedencia, solo que esta vez más fuerte que el anterior le avisó a Eric que algo terrible estaba por suceder.
La gente se había congregado en un pequeño punto, quizá en un intento de darse apoyo mutuamente. La onda de calor estaba en dirección a ellos. El tiempo nuevamente pareció detenerse en un intento de Eric por advertirles que se quitaran de aquel lugar. Sus palabras parecían desintegrarse desde antes siquiera ser pronunciadas. El suelo crujió, sonando más como el gruñido de un lobo hambriento. Giró tras de sí para ver como la tierra salía despedida por los aires y se acercaba vorazmente. Regresó su vista a los pobres ignorantes. Estaban muy lejos para salvarlos. Sintió la ola de destrucción cerca de él. Apenas volteó estiró sus manos en un intento por cubrirse de la violenta sacudida. La línea lo pasó de largo. Apenas reaccionaba por lo ocurrido cuando un coro de terror alcanzó sus oídos. Sin misericordia alguna los cuerpos de hasta hace unos
minutos poco sobrevivientes desaparecían ente sus ojos: mujeres, niños, hombres habían encontrado la muerte ya fuera en las entrañas de la tierra, aventados al vacío o incinerados. Sus ojos no daban crédito. Sabía que sería difícil pero nunca había pensado que cobraría tal costo. Sin embargo, los cuerpos cerca de él eran el testimonio que no habría de ser así. Su legado implicaba sacrificio.
Una columna de fuego brotó de la tierra, alzándose hasta el cielo y perdiéndose en él. Tiñó el cielo de rojo casi como si alguien hubiera derramado sangre, oscureciendo ligeramente el lugar. La luna, antes uno de los objetos más brillantes del firmamento parecía muerta ahora, carente de luz alguna e incluso, llamando poderosamente la atención de Eric, pareciera que algo hubiera intentado desgarrarla. Su superficie se exhibía rasgada. Las estrellas destilaban reflejos carmesíes, semejando gotas de sangre. Lágrimas por el destino del hombre.
“¡Eric!”, gritó una figura aparecida en el horizonte. “Este legado fue escrito desde el inicio de los tiempos. No te pertenece. Quiero lo que es mío. Es mi destino. Así que... encara el fin de tu patética especie y toma tu lugar a mi lado, como mi sirviente. ¡Arrodíllate ante mí!”
“Ni muerto”
“Eso puede arreglarse”, murmuró. Acto seguido, Eric se sintió elevado por los aires, al tiempo que algo lo embestía con fuerza. Una explosión en las ruinas de lo que había sido un majestuoso edificio de oficinas fue la señal de que tan corto viaje había llegado a su fin. Eric intentó tomar aire pero un golpe en su rostro interrumpió sus intenciones. La sangré salpicó por las rocas del lugar. Otro golpe, en su costado, lo tiró boca arriba. Sus labios estaban rojos. Una fuerte opresión en su pecho le hizo exclamar de dolor. Su oponente tenía el pie sobre él. Intentó liberarse. Un grito de dolor, esta vez más fuerte, le hizo desistir.
“Tan orgulloso”, acercándose a él. “Lo necesario como para morir por una causa. Tan especial, como para ser un gran guerrero. Que lástima que no sienta ningún respeto por ello”. Un resplandor brilló en el puño. Pobre al inicio, aumentaba su intensidad rápidamente. Entonces la luz pareció cobrar vida, tomando la forma de una daga que simulaba brotar de la misma extremidad. “Y bien, milord Eric, ¿morirá por sus pecados? O, por ultima vez, arrodíllate ante mí.”
El aludido, lo miró fijamente. Palabra alguna no salió de sus labios, ni siquiera algo que semejara una respuesta. Sus ojos fijos en su captor eran más que suficiente. “Muy bien. Reclamo lo que es mío. Gracias por tu servicios.” Se acercó aun más a él y le susurró al oído: “No hay Valhalla. No más”.
La daga de luz brilló en el aire, cantando su caída cuando una explosión de luz irrumpió entre ambos participantes. El agresor salió despedido. Una sombra aterrizó ante al herido, y sin tiempo que perder tendió una mano, ayudándole a levantarse. “¡Conrado!”, exclamó trabajosamente. “¿Estás bien?, respondió el aludido. “Creí que ese desgraciado de Thor te mataría antes de que...”.
“Ese maldito no es Thor”, respondió Eric apoyándose en el hombro de su amigo. “Al menos no el que conocemos. ¿Cómo supiste que...?”.
“Esa columna de fuego les proporcionó una oportunidad perfecta para reagruparse. Los perdí de vista y me encontraba buscando algún rastro de ellos cuando te vi”.
“Bien hecho, amigo mío. Llegaste justo a tiempo. Otros segundos más...”
“... ¿Valhalla? Yo no me preocuparía tanto por ello porque allá es donde parece que vamos”, volteando a ver la destrucción a su alrededor.
“Yo no estaría tan seguro de ello. Él me dijo que Valhalla no existe. Al menos, ya no”
“¿Crees qué...?”
“No lo sé pero no podemos pensar en ellos ahora. Cuando llegue el momento veremos que se puede hacer. Por ahora necesitamos detener esto. Me resisto a creer que este es el fin. Al menos de esta manera”.
“Eric...”, balbuceó su amigo, “aunque compartimos una parte de ellos, todo este caos y destrucción van más allá de nuestro entendimiento y voluntad. No me lo tomes a mal, estoy contigo, y con plena convicción decidí aceptar la responsabilidad que tal legado confería. Responsabilidad que no tiene nada que ver con la que ellos tenían en mente pero... ellos son dioses”.
“No. No lo son. Conrado,... no sé si hay dioses en este conflicto. Ni siquiera sé si hay un ápice de divinidad en ello. Quizá solo somos un grupo de individuos respondiendo a nuestros instintos primarios de matarnos unos a otros pero sí estoy seguro de algo es que este legado es una responsabilidad. La responsabilidad de hacer una diferencia, como otros lo intentaron anteriormente. (insertar cita) No te cuestionaré ni juzgaré si decides irte pero dime que es el final de tus días que deseas”.
“No somos amigos. Somos hermanos. Tanto en paz, como en guerra. ¿Hasta la muerte? Que así sea”, estrechando su mano con fuerza. “Y ahora larguémonos de aquí antes de que aquel loco-venido-a-dios decida regresar”. Conrado pasó a Eric su brazo para que este se apoyara en sus hombros. Antes de hacerlo, este recogió la bolsa que durante el pleito había escapado de su custodia.
“¿Ya tienes una idea de cómo funcionan?”, preguntó Conrado refiriéndose al contenido del bolso.
El joven negó con la cabeza. “Quizá no fuera más que parte del mito. Una licencia creativa que...”.
“Diana tenía una idea sobre ello. Nos dirigíamos a buscarte cuando...”
Diana. La había olvidado por completo. Todo había ocurrido tan rápido que habían terminado
separándose. Y aun cuando confiaba plenamente en sus compañeros no podía desalojar esa inquietud de su corazón. Habían decidido honrar un legado pero su naturaleza humana seguía imponiéndose sobre ello. Diana había demostrado ser una compañera fiel. Incluso durante los momentos más difíciles se había sobrepuesto a un espíritu a punto de quebrarse para mantener la fe en una cruzada que se antojaba imposible. Ahora ella estaba afuera. No perdida pero sí a merced de algo violento y siniestro que no tenía escrúpulo alguno por la vida o lo decente. Un escalofrío le recorrió la espina. El temor de perder a la compañera leal le asaltaba. El temor de perder a Diana.
“Ve por los demás. Reúnelos y luego búscame. Eviten entrar en pelea con ellos. Mantengan un bajo perfil. Si Diana tiene alguna idea, debemos evitar que nos impidan tener conocimiento. Ve”.
“Pero... estás herido. Necesitas...”
“Pero no muerto. Un par de golpes y un duro muro de concreto no me matarán. Se necesita más que eso. Y, al menos- levantándose sus ropas para mostrar su torso-, parece que no tengo heridas internas. Debemos aprovechar esta suerte. Haz lo que te digo”
Conrado no se decidía a que hacer. Se mostraba inseguro.
“Conrado... ¡hey! Tanto en paz, como en guerra”
El amigo asintió con la cabeza y despegó del suelo, lo necesario para parecer que levitaba. A toda prisa salió del lugar.
Estaba consciente de que no tenía la menor idea donde pudiera encontrarse Diana pero pensó regresar a la plaza. Se encontraban ahí antes de que el infierno se desatara en tierra. Era un albur pero había que intentarlo. Confiaba en los instintos de ella. La cuestión era alcanzarla antes que alguien más lo hiciera. Aceleró el paso, y se dirigió hacia aquel lugar. El cuerpo le dolía menos aunque su espalda seguía adolorida. El área de la boca era la que más molestia le daba. Los moretones en su torso igualmente le dolían pero ello era señal de que seguía vivo, y estaba agradecido. Al menos, como le había dicho a Conrado, no parecía tener lesiones internas.
Alcanzó la plaza. Se hallaba desierta. Al menos parcialmente. Lo único que se encontraba era la muerte. Los cuerpos de aquellos primeros que habían caído ante el ataque sorpresa cubrían varias áreas del lugar. Durante un momento permaneció en lo alto observando aquella puesta en escena mortuoria. Pensaba que en cualquier momento alguien daría una señal y todos se levantarían como si nada, riendo, conversando o simplemente reanudando sus labores cotidianas. Pero no, estaban muertos. Sí. Lo estaban. Hubiera permanecido más tiempo en aquel lugar cuando sus ojos se fijaron en algo. A toda la velocidad que le permitía su lastimado cuerpo bajó los escalones y cruzó el lugar. A medida que se acercaba el corazón le latía con más fuerza. Entonces la vio. El cuerpo se hallaba sobre uno de sus costados con el rostro vuelto al lado contrario. El cabello cubría su rostro. Su cuello estaba roto. Una de sus manos intentaba aferrarse a un pequeño bulto que se encontraba centímetros lejos de su alcance. Eric se acercó a la pequeña figura. Su mano temblaba cuando hizo a un lado la pequeña manta, descubriendo el rostro de la criatura. Le miró por unos instantes. Entonces cuidadosamente giró el rostro de ella y apartó el cabello. Al igual que con el cuerpo anterior le miró por unos instantes. Respiró. No era ella. No tenía la menor idea de quienes fueran. Inocentes atrapados. Daño colateral. Las piernas le fallaron y se dejó caer. Se venció. Aquello era demasiado para él. Había lidiado con la muerte y aquello no debía ser tan diferente como las veces anteriores pero se sentían diferente. ¿Por qué? No lo sabía pero así lo sentía. Cubrió su rostro con una de sus manos y lloró. Necesitaba llorar. Le era necesario para poder seguir adelante. Lo necesitaba tanto para poder limpiar la culpa que se abría en su pecho como por la sangre que bañaba sus manos. Pidió perdón. A todos los cuerpos de aquel lugar. Pidió perdón a todos los cuerpos por venir.
Un ruido al extremo de la plaza lo sacó de sus reflexiones. Acorde a su estado se levantó rápidamente y limpió sus lágrimas. Permaneció en alerta tratando discernir de donde provenía el ruido. Se volvió a escuchar. Esta vez un poco más claro. Descubrió el punto de origen. Alguien se movía y parecía tener intenciones de llegarse hasta él. Aferró con fuerza la cinta que mantenía el bolso unido a su pecho mientras que cerraba su mano derecha. El ruido se escuchó por tercera vez. Un resplandor asomó en el puño. Una sombra apareció. En fracción de segundos había salido a la luz. Era Diana. Estaba viva.
Reaccionando más que actuar, Eric corrió a su encuentro. Ella hizo lo mismo, encontrándose. Se abrazaron fuertemente sin decir palabra. Acarició su rostro. La llevó dentro de las ruinas. No era conveniente estar a descubierto por mucho tiempo. Una vez dentro, él rompió el silencio.
“Ella...”, preguntó sintiéndose seguro por el momento.
Cubierto por uno de los pliegues del pocho, Diana descubrió su costado izquierdo revelando un pequeño bulto, envuelto en un par de mantas. Cuidadosamente movió los pliegues, revelando una pequeña niña que dormía plácidamente. No tenía idea del pandemónium que había tenido lugar momentos atrás y que amenazaba con extenderse. Ver aquel ser vivo les proporcionaba a ambos un remanso de paz, momentáneo, entre tanta locura.
“No debiste arriesgarte. Ella te necesita...”
“Todos nos necesitamos. ¿Sí? Estamos juntos. Todos nosotros”.
“Pero tu eres su madre”.
Diana guardó silencio. Iba a argumentar algo pero un rictus de dolor se dibujó en su rostro. No llegó a caer. Vio que llevaba su mano al costado derecho. La sentó en un grupo de escombros. Con mucho cuidado levantó la tela para ver que tenía.
“Diana...”, murmuró. Una horrible costra se mostraba donde lo que hasta hace algunos recuerdos había sido una piel tersa. Se adivinaba una herida bastante seria bajo eso pero la costra era el testigo aterrador de que tal tratamiento extremo había sido necesario.
“No recuerdo como sucedió. Cuando la primera explosión sucedió me encontré sola. Los había perdido. Intenté salvar a cuantos pudiera pero me fue imposible. El caos reinante me sobrepasó y... Eran demasiados, Eric. No pude hacer nada. Cuando los vi deshacerse de los cuerpos como si no fueran nada sentí miedo. Temí por su vida y...”. Los sollozos de ella fue lo único que se escuchó en el lugar por breves momentos. Él la abrazó. Ella continuó su relato. “Huí sin saber a dónde hasta que me topé con Conrado. Me sentí segura con uno de nosotros pero una segunda oleada nos tomó por sorpresa provocando que nos separáramos. Cuando pude percatarme, vi que estaba herida. La adrenalina del momento había hecho que no sintiera nada pero ya había perdido mucha sangre así que... puse mi mano sobre la herida y... la cautericé”.
“No debe haber sido fácil”.
Ella asintió con la cabeza.
“Descansé unos minutos y me puse en marcha. Tenía que encontrarte. Necesitaba compartirte algo. No le compartí a Conrado porque no estaba totalmente segura. Nos dirigíamos a buscarte cuando... ya sabes. Pero ahora estoy segura. Sé como activar los artefactos”.
“Diana...”
“No es un mito, Eric. Son reales. ¿Recuerdas lo que dijo Völuspá? ¿Sobre las Nornas? Que eran tres...”
“Sí. Eran tres Nornas. Y que a raíz del ultimo derramamiento de sangre tanto de “dioses” como de “mortales” decidieron separar la pieza en dos y únicamente aquel que pudiera invocarlas sería capaz de obtener el arma y desencadenar su poder. Una vez que el arma volviera a la vida, despertaría a los dioses, y estos tendrían el derecho de llamarse así mismos de esa manera”.
“Es un acertijo. Y lo he descifrado”.
“Pero Diana,... ninguna de las invocaciones a las Nornas ha funcionado y...”
“Dime, ¿tienes fe?”.
“Sí pero...”
“Entonces cree, ten fe. ¿Qué son las Nornas?”
“Eh... son las representaciones del tiempo... es decir, Pasado, Presente y Futuro. Ellas...”
“Sí, sí, lo sé. Ahora dime, ¿ellos son dioses?”
“Eh... este... no, no lo son. Son algo que llegó aquí antes que nosotros y...”
“Las Nornas son el tiempo, Eric. Son entidades cronales. Es un candado de tiempo. Ignoro quién y cómo pero me queda muy claro el por qué, pero alguien usó sus conocimientos sobre la línea temporal y selló al artefacto. La única manera en que se pueda abrir es juntando a las tres manifestaciones del tiempo. Pasado, Presente y Futuro deben estar juntos en el mismo lugar y momento”.
“Pero eso es...”
Diana esculcó en el fondo del bolso hasta que encontró lo que parecía una gran moneda de cera.
“El sello de Stellan”
“No es cera, Eric. Es sangre. La vida es lo que hace posible que los tres tiempos coexistan al mismo tiempo. No se trata de linaje o herencia. La vida está en lo que fue, en lo que es y en lo que será. Esa es la respuesta”.
“Pero... pero... es tan simple”.
“¿Y acaso las grandes respuestas no terminan siendo las más simples? Stellan nunca entendió porque le había sido destinado el sobrevivir a sus compañeros. No tuvo la oportunidad de ser propiamente, uno de ellos pero era la pieza clave. Así como alguien antes de él lo fue para ellos. Cuando lo entendió, ya era un anciano pero no tarde para hacer lo que tenía. ¿Dónde está la vida, Eric? Está en nosotros. Dentro.”
“Sangre...”
“Stellan era el pasado. Tú eres el presente...”
“¿Y quién es el futuro? ¿Quien?”
“Ella”, al tiempo que descubría a la pequeña niña. “No tenemos mucho tiempo. Hay que hacerlo ya”. Arrancó un pedazo de la tela del bolso y acercándose a una tubería dañada de la que se fugaba el agua, le humedeció. Acto seguido le frotó contra una porción del sello que al contacto venció su frágil dureza, revelándose como una sustancia de naturaleza líquida pero ligeramente pegajosa: sangre. Diana empapó bien la porción del improvisado pañuelo hasta dar la impresión de que un ligero apretón de dedos haría caer unas cuantas gotas sanguíneas.
“¿Estás listo?”
Eric tomó el bolso y sacó lo que aun permanecía ahí. Envueltas en un pedazo de paño que se adivinaba antiquísimo estaban un par de maravillosas espadas que no pasarían de los 60 centímetros. No mostraban señales de corrupción. Se encontraban tan brillantes como debieron estarlo desde el momento que salieron de la fragua. Si es que realmente habían pasado por ahí, ya que el increíble estado de conservación del metal hacía pensar que su elaboración no había tenido nada que ver con procedimientos comunes. La empuñadura era una extraña unión del mismo metal con piel. No se hallaba empotrada en él sino que parecía que ambas coexistían en el mismo espacio. No había marcas sobre la hoja o en alguna otra parte. Lo único, era una extraña protuberancia en cada uno de los extremos de la hoja de cada espada. De manera que cuando se ponían una al lado de la otra ambas irregularidades formaban la figura de un árbol con largas raíces. Eso explicaba porque cada una de las espadas carecían de la parte de la guarnición que daba al interior cuando se encontraban juntas, y que las existentes fueran demasiado cortas. Demasiado para una espada formal.
“Confío en ti”.
“Lo sé”, replicó ella. “Tanto en paz como en guerra”
Eric sostuvo las artefactos haciendo que la figura del árbol coincidiera. Diana apretó con sus dedos el pedazo de tela. Una gota cayó sobre la figura. Por menos que unos segundos no pasó nada. Diana se aprestaba a dejar caer una segunda gota cuando sucedió. La primera al parecer se había filtrado al interior de la hoja uniendo ligeramente la figura. “Pasado”, murmuró ella. Sacó una pequeña daga que llevaba colgada y acercándola a uno de los dedos de Eric, con un movimiento rápido le hizo derramar otra pequeña gota. Al igual que la anterior se filtró por la hoja y unió más la figura. Entonces tomó a la pequeña, y tomando uno de sus pequeños dedos de la mano le pinchó hasta que apareció una pequeña gota. “Futuro”. Apenas entró en contacto con el metal, la figura terminó de unirse y las raíces labradas cobraron vida y empezaron a extenderse por la hoja. Un resplandor surgió del punto de unión envolviendo a ambos en su luz. El resplandor alcanzó las proporciones de un sol miniatura.
“Yggdrasil”, fue lo ultimo que Diana alcanzó a decir.

El cuerpo cayó, exhibiendo un enorme agujero en el pecho. Los pocos sobrevivientes chillaron al ver aquello. Se encontraban rodeados por numerosos cadáveres. El estar vivos en medio de semejante espectáculo les parecía una broma cruel. En cualquier momento podrían terminar formando parte de tan macabro panorama como lo demostraba aquél pobre bastardo recién caído. La interrogante de quién sería el siguiente invadía su pensamiento. Agrupados en aquel lugar daba más la apariencia de ser ganado que pacientemente espera pasar al matadero. Vigilados fuertemente por aquellos individuos les daba la impresión de que incluso podían leer sus mentes, y que esperaban con gusto descubrir en alguno de ellos una idea de salir de aquella situación. Pero no era así. Ellos no necesitaban pretextos. Mataban por placer. Lo habían hecho años tiempo atrás, y lo seguirían haciendo. Era para lo que habían nacido.
El llamado Thor apareció en escena. Su arrogancia era perceptible. Lentamente se acercó a la improvisada prisión. El resto de sus hombres se arrodilló a sus pies, “Milord Thor”.
“Fiel Haimdal”, mirándolo displicentemente. “Prueba tu lealtad”.
El aludido no necesitó de una segunda vez. Saltó al centro del improvisado rebaño y tomó por los cabellos a una mujer. La pobre parecía una muñeca de trapo al verse elevada. Sus sollozos podían escucharse por todo el lugar, mientras pataleaba y forcejeaba por liberarse. “Por Dios, no. Por favor”, suplicaba. Una sonrisa asesina se dibujó en el rostro de Heimdall, “Dios, no. Heimdall”.
La sangre salpicó por todo el lugar mientras el cuerpo decapitado provocaba un sonido seco al caer. Las mujeres con las que se había encontrado hasta hace unos momentos, entraron en una crisis nerviosa. Estaban en manos de la muerte y esta vez no había escape. No había esperanza. No, fe. El resto de asesinos reía mientras Heimdall seguí sosteniendo la cabeza sin vida de la pobre víctima. El líder de aquella legión siniestra reía también mientras aplaudía. “Bien, bien. Excelente”. Subió a un pequeño montículo para hacerse ver y oír por todos.
“Enfrenten su destino. Todos ustedes están muertos. Lo estaban desde el momento que despertamos, solo que no lo sabían. Su raza, ya no existe más. No hay salvación. No esperanza. No fe. Su salvador,... sus salvadores... están muertos también. Y muy pronto lo descubrirán”. Al decir esto una mueca, mezcla de burla y muerte, se dibujó en su rostro. El resto de sus hombres lo acompañaron en el gesto también. “Y ahora, compañeros de armas, demuestren su lealtad”, dicho esto cada uno, de los cabellos, tomó un prisionero. El terror se dibujó en los ojos de los cautivos. Los sollozos se incrementaron, junto con los gritos. Era un concierto que nadie quisiera oír. Era el canto de la muerte.
Lentamente, se acercó a una pequeña niña sola. Sus padres quizá se encontraran en medio de aquellos cadáveres o quizá habían tenido la suerte de perecer en alguna de los edificios que se habían venido abajo, teniendo la suerte de evitar tal visión. Al llegar a ella, posó su mano y empezó a acariciar su cabello. “Tan hermosa”, acariciando su rostro. “La era del hombre ha terminado. La casa de los Ases está muerta. Los dioses están muertos. Solo estoy yo”. Levantó su puño y la terrible daga de luz brilló.
“Sientan la gloria”, levantando la voz, “la raza de los hombres ha muerto bajo mi puño, el puño de Thor, dios...”
El cielo se cerró, oscureciéndose. En cuestión de segundos. Un relámpago venido de la nada rasgó el cielo.
“No eres un dios”, se escuchó.
La nube de polvo que levantó la caída del fenómeno se esfumó rápidamente.
“Yo... soy Thor”
Eric había regresado. Mientras el poderoso martillo relucía en su mano.

Posted by Martin | at 9:24 PM | 4 comments