Legado_capítulo 1
Aunque trataré de mantener cierta periodicidad pido su comprensión por los retrasos que se puedan presentar. Gracias.Y ahora el primer capítulo de esta saga.
1 El resplandor naranja se dibujó sobre el cielo trayendo consigo un silencio que duró breves momentos. El tiempo dio la impresión de transcurrir lentamente pero solo era eso, impresión. El aire pareció devorarse a sí mismo para inmediatamente explotar con fuerza inusitada. Los gritos de auxilio que hasta hace unos momentos habían sido un eco sordo esta vez se hallaron silenciados por la violenta erupción. Los no pocos afortunados hallaron la muerte al verse lanzados por los aires y terminar estrellándose. O bajo los restos de las estructuras que no resistían el embate. Aquellos con suerte sentían como su rostro y cuerpo eran abrazados por el calor de la onda que se expandía por el lugar. Haciendo difícil el pronunciar palabra alguna o atestiguar lo que estaba ocurriendo.
Eric levantó el rostro del suelo. Le dolía además de arder. Decir que había sido suerte lo que le había permitido tirarse a cubierto era una falacia. Los eventos de los últimos meses le habían transformado, dotándolo de lo necesario para sobrevivir y llegar hasta ese momento. Y este había llegado, y él se encontraba ahí. Lastimosamente se irguió. Cerró sus ojos en un intento por aclarar su vista, y limpiarla de todo el polvo que flotaba. Se quedó quieto por un momento intentando ordenar sus pensamientos pero no había tiempo para ello. Alzó la vista y vio a su alrededor: allá en lo alto del cielo uno de sus amigos luchaba con denodada entrega; mientras que entre las ruinas el resto hacía su trabajo. No parecían dar señas de cansancio o al menos así le parecía a él. Comprobó que su bolso seguía con él y se levantó completamente.
Apenas se había puesto de pie cuando el suelo bajo él tembló con violencia. Algo caliente venía del subsuelo y se expandía. Otro temblor le hizo perder el recién recuperado equilibrio. Esta vez se abrieron grietas por las que escapaban gruesas columnas de vapor. Los sobrevivientes chillaron ante lo abrupto. Un nuevo golpe de calor, de misma procedencia, solo que esta vez más fuerte que el anterior le avisó a Eric que algo terrible estaba por suceder.
La gente se había congregado en un pequeño punto, quizá en un intento de darse apoyo mutuamente. La onda de calor estaba en dirección a ellos. El tiempo nuevamente pareció detenerse en un intento de Eric por advertirles que se quitaran de aquel lugar. Sus palabras parecían desintegrarse desde antes siquiera ser pronunciadas. El suelo crujió, sonando más como el gruñido de un lobo hambriento. Giró tras de sí para ver como la tierra salía despedida por los aires y se acercaba vorazmente. Regresó su vista a los pobres ignorantes. Estaban muy lejos para salvarlos. Sintió la ola de destrucción cerca de él. Apenas volteó estiró sus manos en un intento por cubrirse de la violenta sacudida. La línea lo pasó de largo. Apenas reaccionaba por lo ocurrido cuando un coro de terror alcanzó sus oídos. Sin misericordia alguna los cuerpos de hasta hace unos
minutos poco sobrevivientes desaparecían ente sus ojos: mujeres, niños, hombres habían encontrado la muerte ya fuera en las entrañas de la tierra, aventados al vacío o incinerados. Sus ojos no daban crédito. Sabía que sería difícil pero nunca había pensado que cobraría tal costo. Sin embargo, los cuerpos cerca de él eran el testimonio que no habría de ser así. Su legado implicaba sacrificio.
Una columna de fuego brotó de la tierra, alzándose hasta el cielo y perdiéndose en él. Tiñó el cielo de rojo casi como si alguien hubiera derramado sangre, oscureciendo ligeramente el lugar. La luna, antes uno de los objetos más brillantes del firmamento parecía muerta ahora, carente de luz alguna e incluso, llamando poderosamente la atención de Eric, pareciera que algo hubiera intentado desgarrarla. Su superficie se exhibía rasgada. Las estrellas destilaban reflejos carmesíes, semejando gotas de sangre. Lágrimas por el destino del hombre.
“¡Eric!”, gritó una figura aparecida en el horizonte. “Este legado fue escrito desde el inicio de los tiempos. No te pertenece. Quiero lo que es mío. Es mi destino. Así que... encara el fin de tu patética especie y toma tu lugar a mi lado, como mi sirviente. ¡Arrodíllate ante mí!”
“Ni muerto”
“Eso puede arreglarse”, murmuró. Acto seguido, Eric se sintió elevado por los aires, al tiempo que algo lo embestía con fuerza. Una explosión en las ruinas de lo que había sido un majestuoso edificio de oficinas fue la señal de que tan corto viaje había llegado a su fin. Eric intentó tomar aire pero un golpe en su rostro interrumpió sus intenciones. La sangré salpicó por las rocas del lugar. Otro golpe, en su costado, lo tiró boca arriba. Sus labios estaban rojos. Una fuerte opresión en su pecho le hizo exclamar de dolor. Su oponente tenía el pie sobre él. Intentó liberarse. Un grito de dolor, esta vez más fuerte, le hizo desistir.
“Tan orgulloso”, acercándose a él. “Lo necesario como para morir por una causa. Tan especial, como para ser un gran guerrero. Que lástima que no sienta ningún respeto por ello”. Un resplandor brilló en el puño. Pobre al inicio, aumentaba su intensidad rápidamente. Entonces la luz pareció cobrar vida, tomando la forma de una daga que simulaba brotar de la misma extremidad. “Y bien, milord Eric, ¿morirá por sus pecados? O, por ultima vez, arrodíllate ante mí.”
El aludido, lo miró fijamente. Palabra alguna no salió de sus labios, ni siquiera algo que semejara una respuesta. Sus ojos fijos en su captor eran más que suficiente. “Muy bien. Reclamo lo que es mío. Gracias por tu servicios.” Se acercó aun más a él y le susurró al oído: “No hay Valhalla. No más”.
La daga de luz brilló en el aire, cantando su caída cuando una explosión de luz irrumpió entre ambos participantes. El agresor salió despedido. Una sombra aterrizó ante al herido, y sin tiempo que perder tendió una mano, ayudándole a levantarse. “¡Conrado!”, exclamó trabajosamente. “¿Estás bien?, respondió el aludido. “Creí que ese desgraciado de Thor te mataría antes de que...”.
“Ese maldito no es Thor”, respondió Eric apoyándose en el hombro de su amigo. “Al menos no el que conocemos. ¿Cómo supiste que...?”.
“Esa columna de fuego les proporcionó una oportunidad perfecta para reagruparse. Los perdí de vista y me encontraba buscando algún rastro de ellos cuando te vi”.
“Bien hecho, amigo mío. Llegaste justo a tiempo. Otros segundos más...”
“... ¿Valhalla? Yo no me preocuparía tanto por ello porque allá es donde parece que vamos”, volteando a ver la destrucción a su alrededor.
“Yo no estaría tan seguro de ello. Él me dijo que Valhalla no existe. Al menos, ya no”
“¿Crees qué...?”
“No lo sé pero no podemos pensar en ellos ahora. Cuando llegue el momento veremos que se puede hacer. Por ahora necesitamos detener esto. Me resisto a creer que este es el fin. Al menos de esta manera”.
“Eric...”, balbuceó su amigo, “aunque compartimos una parte de ellos, todo este caos y destrucción van más allá de nuestro entendimiento y voluntad. No me lo tomes a mal, estoy contigo, y con plena convicción decidí aceptar la responsabilidad que tal legado confería. Responsabilidad que no tiene nada que ver con la que ellos tenían en mente pero... ellos son dioses”.
“No. No lo son. Conrado,... no sé si hay dioses en este conflicto. Ni siquiera sé si hay un ápice de divinidad en ello. Quizá solo somos un grupo de individuos respondiendo a nuestros instintos primarios de matarnos unos a otros pero sí estoy seguro de algo es que este legado es una responsabilidad. La responsabilidad de hacer una diferencia, como otros lo intentaron anteriormente. (insertar cita) No te cuestionaré ni juzgaré si decides irte pero dime que es el final de tus días que deseas”.
“No somos amigos. Somos hermanos. Tanto en paz, como en guerra. ¿Hasta la muerte? Que así sea”, estrechando su mano con fuerza. “Y ahora larguémonos de aquí antes de que aquel loco-venido-a-dios decida regresar”. Conrado pasó a Eric su brazo para que este se apoyara en sus hombros. Antes de hacerlo, este recogió la bolsa que durante el pleito había escapado de su custodia.
“¿Ya tienes una idea de cómo funcionan?”, preguntó Conrado refiriéndose al contenido del bolso.
El joven negó con la cabeza. “Quizá no fuera más que parte del mito. Una licencia creativa que...”.
“Diana tenía una idea sobre ello. Nos dirigíamos a buscarte cuando...”
Diana. La había olvidado por completo. Todo había ocurrido tan rápido que habían terminado
separándose. Y aun cuando confiaba plenamente en sus compañeros no podía desalojar esa inquietud de su corazón. Habían decidido honrar un legado pero su naturaleza humana seguía imponiéndose sobre ello. Diana había demostrado ser una compañera fiel. Incluso durante los momentos más difíciles se había sobrepuesto a un espíritu a punto de quebrarse para mantener la fe en una cruzada que se antojaba imposible. Ahora ella estaba afuera. No perdida pero sí a merced de algo violento y siniestro que no tenía escrúpulo alguno por la vida o lo decente. Un escalofrío le recorrió la espina. El temor de perder a la compañera leal le asaltaba. El temor de perder a Diana.
“Ve por los demás. Reúnelos y luego búscame. Eviten entrar en pelea con ellos. Mantengan un bajo perfil. Si Diana tiene alguna idea, debemos evitar que nos impidan tener conocimiento. Ve”.
“Pero... estás herido. Necesitas...”
“Pero no muerto. Un par de golpes y un duro muro de concreto no me matarán. Se necesita más que eso. Y, al menos- levantándose sus ropas para mostrar su torso-, parece que no tengo heridas internas. Debemos aprovechar esta suerte. Haz lo que te digo”
Conrado no se decidía a que hacer. Se mostraba inseguro.
“Conrado... ¡hey! Tanto en paz, como en guerra”
El amigo asintió con la cabeza y despegó del suelo, lo necesario para parecer que levitaba. A toda prisa salió del lugar.
Estaba consciente de que no tenía la menor idea donde pudiera encontrarse Diana pero pensó regresar a la plaza. Se encontraban ahí antes de que el infierno se desatara en tierra. Era un albur pero había que intentarlo. Confiaba en los instintos de ella. La cuestión era alcanzarla antes que alguien más lo hiciera. Aceleró el paso, y se dirigió hacia aquel lugar. El cuerpo le dolía menos aunque su espalda seguía adolorida. El área de la boca era la que más molestia le daba. Los moretones en su torso igualmente le dolían pero ello era señal de que seguía vivo, y estaba agradecido. Al menos, como le había dicho a Conrado, no parecía tener lesiones internas.
Alcanzó la plaza. Se hallaba desierta. Al menos parcialmente. Lo único que se encontraba era la muerte. Los cuerpos de aquellos primeros que habían caído ante el ataque sorpresa cubrían varias áreas del lugar. Durante un momento permaneció en lo alto observando aquella puesta en escena mortuoria. Pensaba que en cualquier momento alguien daría una señal y todos se levantarían como si nada, riendo, conversando o simplemente reanudando sus labores cotidianas. Pero no, estaban muertos. Sí. Lo estaban. Hubiera permanecido más tiempo en aquel lugar cuando sus ojos se fijaron en algo. A toda la velocidad que le permitía su lastimado cuerpo bajó los escalones y cruzó el lugar. A medida que se acercaba el corazón le latía con más fuerza. Entonces la vio. El cuerpo se hallaba sobre uno de sus costados con el rostro vuelto al lado contrario. El cabello cubría su rostro. Su cuello estaba roto. Una de sus manos intentaba aferrarse a un pequeño bulto que se encontraba centímetros lejos de su alcance. Eric se acercó a la pequeña figura. Su mano temblaba cuando hizo a un lado la pequeña manta, descubriendo el rostro de la criatura. Le miró por unos instantes. Entonces cuidadosamente giró el rostro de ella y apartó el cabello. Al igual que con el cuerpo anterior le miró por unos instantes. Respiró. No era ella. No tenía la menor idea de quienes fueran. Inocentes atrapados. Daño colateral. Las piernas le fallaron y se dejó caer. Se venció. Aquello era demasiado para él. Había lidiado con la muerte y aquello no debía ser tan diferente como las veces anteriores pero se sentían diferente. ¿Por qué? No lo sabía pero así lo sentía. Cubrió su rostro con una de sus manos y lloró. Necesitaba llorar. Le era necesario para poder seguir adelante. Lo necesitaba tanto para poder limpiar la culpa que se abría en su pecho como por la sangre que bañaba sus manos. Pidió perdón. A todos los cuerpos de aquel lugar. Pidió perdón a todos los cuerpos por venir.
Un ruido al extremo de la plaza lo sacó de sus reflexiones. Acorde a su estado se levantó rápidamente y limpió sus lágrimas. Permaneció en alerta tratando discernir de donde provenía el ruido. Se volvió a escuchar. Esta vez un poco más claro. Descubrió el punto de origen. Alguien se movía y parecía tener intenciones de llegarse hasta él. Aferró con fuerza la cinta que mantenía el bolso unido a su pecho mientras que cerraba su mano derecha. El ruido se escuchó por tercera vez. Un resplandor asomó en el puño. Una sombra apareció. En fracción de segundos había salido a la luz. Era Diana. Estaba viva.
Reaccionando más que actuar, Eric corrió a su encuentro. Ella hizo lo mismo, encontrándose. Se abrazaron fuertemente sin decir palabra. Acarició su rostro. La llevó dentro de las ruinas. No era conveniente estar a descubierto por mucho tiempo. Una vez dentro, él rompió el silencio.
“Ella...”, preguntó sintiéndose seguro por el momento.
Cubierto por uno de los pliegues del pocho, Diana descubrió su costado izquierdo revelando un pequeño bulto, envuelto en un par de mantas. Cuidadosamente movió los pliegues, revelando una pequeña niña que dormía plácidamente. No tenía idea del pandemónium que había tenido lugar momentos atrás y que amenazaba con extenderse. Ver aquel ser vivo les proporcionaba a ambos un remanso de paz, momentáneo, entre tanta locura.
“No debiste arriesgarte. Ella te necesita...”
“Todos nos necesitamos. ¿Sí? Estamos juntos. Todos nosotros”.
“Pero tu eres su madre”.
Diana guardó silencio. Iba a argumentar algo pero un rictus de dolor se dibujó en su rostro. No llegó a caer. Vio que llevaba su mano al costado derecho. La sentó en un grupo de escombros. Con mucho cuidado levantó la tela para ver que tenía.
“Diana...”, murmuró. Una horrible costra se mostraba donde lo que hasta hace algunos recuerdos había sido una piel tersa. Se adivinaba una herida bastante seria bajo eso pero la costra era el testigo aterrador de que tal tratamiento extremo había sido necesario.
“No recuerdo como sucedió. Cuando la primera explosión sucedió me encontré sola. Los había perdido. Intenté salvar a cuantos pudiera pero me fue imposible. El caos reinante me sobrepasó y... Eran demasiados, Eric. No pude hacer nada. Cuando los vi deshacerse de los cuerpos como si no fueran nada sentí miedo. Temí por su vida y...”. Los sollozos de ella fue lo único que se escuchó en el lugar por breves momentos. Él la abrazó. Ella continuó su relato. “Huí sin saber a dónde hasta que me topé con Conrado. Me sentí segura con uno de nosotros pero una segunda oleada nos tomó por sorpresa provocando que nos separáramos. Cuando pude percatarme, vi que estaba herida. La adrenalina del momento había hecho que no sintiera nada pero ya había perdido mucha sangre así que... puse mi mano sobre la herida y... la cautericé”.
“No debe haber sido fácil”.
Ella asintió con la cabeza.
“Descansé unos minutos y me puse en marcha. Tenía que encontrarte. Necesitaba compartirte algo. No le compartí a Conrado porque no estaba totalmente segura. Nos dirigíamos a buscarte cuando... ya sabes. Pero ahora estoy segura. Sé como activar los artefactos”.
“Diana...”
“No es un mito, Eric. Son reales. ¿Recuerdas lo que dijo Völuspá? ¿Sobre las Nornas? Que eran tres...”
“Sí. Eran tres Nornas. Y que a raíz del ultimo derramamiento de sangre tanto de “dioses” como de “mortales” decidieron separar la pieza en dos y únicamente aquel que pudiera invocarlas sería capaz de obtener el arma y desencadenar su poder. Una vez que el arma volviera a la vida, despertaría a los dioses, y estos tendrían el derecho de llamarse así mismos de esa manera”.
“Es un acertijo. Y lo he descifrado”.
“Pero Diana,... ninguna de las invocaciones a las Nornas ha funcionado y...”
“Dime, ¿tienes fe?”.
“Sí pero...”
“Entonces cree, ten fe. ¿Qué son las Nornas?”
“Eh... son las representaciones del tiempo... es decir, Pasado, Presente y Futuro. Ellas...”
“Sí, sí, lo sé. Ahora dime, ¿ellos son dioses?”
“Eh... este... no, no lo son. Son algo que llegó aquí antes que nosotros y...”
“Las Nornas son el tiempo, Eric. Son entidades cronales. Es un candado de tiempo. Ignoro quién y cómo pero me queda muy claro el por qué, pero alguien usó sus conocimientos sobre la línea temporal y selló al artefacto. La única manera en que se pueda abrir es juntando a las tres manifestaciones del tiempo. Pasado, Presente y Futuro deben estar juntos en el mismo lugar y momento”.
“Pero eso es...”
Diana esculcó en el fondo del bolso hasta que encontró lo que parecía una gran moneda de cera.
“El sello de Stellan”
“No es cera, Eric. Es sangre. La vida es lo que hace posible que los tres tiempos coexistan al mismo tiempo. No se trata de linaje o herencia. La vida está en lo que fue, en lo que es y en lo que será. Esa es la respuesta”.
“Pero... pero... es tan simple”.
“¿Y acaso las grandes respuestas no terminan siendo las más simples? Stellan nunca entendió porque le había sido destinado el sobrevivir a sus compañeros. No tuvo la oportunidad de ser propiamente, uno de ellos pero era la pieza clave. Así como alguien antes de él lo fue para ellos. Cuando lo entendió, ya era un anciano pero no tarde para hacer lo que tenía. ¿Dónde está la vida, Eric? Está en nosotros. Dentro.”
“Sangre...”
“Stellan era el pasado. Tú eres el presente...”
“¿Y quién es el futuro? ¿Quien?”
“Ella”, al tiempo que descubría a la pequeña niña. “No tenemos mucho tiempo. Hay que hacerlo ya”. Arrancó un pedazo de la tela del bolso y acercándose a una tubería dañada de la que se fugaba el agua, le humedeció. Acto seguido le frotó contra una porción del sello que al contacto venció su frágil dureza, revelándose como una sustancia de naturaleza líquida pero ligeramente pegajosa: sangre. Diana empapó bien la porción del improvisado pañuelo hasta dar la impresión de que un ligero apretón de dedos haría caer unas cuantas gotas sanguíneas.
“¿Estás listo?”
Eric tomó el bolso y sacó lo que aun permanecía ahí. Envueltas en un pedazo de paño que se adivinaba antiquísimo estaban un par de maravillosas espadas que no pasarían de los 60 centímetros. No mostraban señales de corrupción. Se encontraban tan brillantes como debieron estarlo desde el momento que salieron de la fragua. Si es que realmente habían pasado por ahí, ya que el increíble estado de conservación del metal hacía pensar que su elaboración no había tenido nada que ver con procedimientos comunes. La empuñadura era una extraña unión del mismo metal con piel. No se hallaba empotrada en él sino que parecía que ambas coexistían en el mismo espacio. No había marcas sobre la hoja o en alguna otra parte. Lo único, era una extraña protuberancia en cada uno de los extremos de la hoja de cada espada. De manera que cuando se ponían una al lado de la otra ambas irregularidades formaban la figura de un árbol con largas raíces. Eso explicaba porque cada una de las espadas carecían de la parte de la guarnición que daba al interior cuando se encontraban juntas, y que las existentes fueran demasiado cortas. Demasiado para una espada formal.
“Confío en ti”.
“Lo sé”, replicó ella. “Tanto en paz como en guerra”
Eric sostuvo las artefactos haciendo que la figura del árbol coincidiera. Diana apretó con sus dedos el pedazo de tela. Una gota cayó sobre la figura. Por menos que unos segundos no pasó nada. Diana se aprestaba a dejar caer una segunda gota cuando sucedió. La primera al parecer se había filtrado al interior de la hoja uniendo ligeramente la figura. “Pasado”, murmuró ella. Sacó una pequeña daga que llevaba colgada y acercándola a uno de los dedos de Eric, con un movimiento rápido le hizo derramar otra pequeña gota. Al igual que la anterior se filtró por la hoja y unió más la figura. Entonces tomó a la pequeña, y tomando uno de sus pequeños dedos de la mano le pinchó hasta que apareció una pequeña gota. “Futuro”. Apenas entró en contacto con el metal, la figura terminó de unirse y las raíces labradas cobraron vida y empezaron a extenderse por la hoja. Un resplandor surgió del punto de unión envolviendo a ambos en su luz. El resplandor alcanzó las proporciones de un sol miniatura.
“Yggdrasil”, fue lo ultimo que Diana alcanzó a decir.
El cuerpo cayó, exhibiendo un enorme agujero en el pecho. Los pocos sobrevivientes chillaron al ver aquello. Se encontraban rodeados por numerosos cadáveres. El estar vivos en medio de semejante espectáculo les parecía una broma cruel. En cualquier momento podrían terminar formando parte de tan macabro panorama como lo demostraba aquél pobre bastardo recién caído. La interrogante de quién sería el siguiente invadía su pensamiento. Agrupados en aquel lugar daba más la apariencia de ser ganado que pacientemente espera pasar al matadero. Vigilados fuertemente por aquellos individuos les daba la impresión de que incluso podían leer sus mentes, y que esperaban con gusto descubrir en alguno de ellos una idea de salir de aquella situación. Pero no era así. Ellos no necesitaban pretextos. Mataban por placer. Lo habían hecho años tiempo atrás, y lo seguirían haciendo. Era para lo que habían nacido.
El llamado Thor apareció en escena. Su arrogancia era perceptible. Lentamente se acercó a la improvisada prisión. El resto de sus hombres se arrodilló a sus pies, “Milord Thor”.
“Fiel Haimdal”, mirándolo displicentemente. “Prueba tu lealtad”.
El aludido no necesitó de una segunda vez. Saltó al centro del improvisado rebaño y tomó por los cabellos a una mujer. La pobre parecía una muñeca de trapo al verse elevada. Sus sollozos podían escucharse por todo el lugar, mientras pataleaba y forcejeaba por liberarse. “Por Dios, no. Por favor”, suplicaba. Una sonrisa asesina se dibujó en el rostro de Heimdall, “Dios, no. Heimdall”.
La sangre salpicó por todo el lugar mientras el cuerpo decapitado provocaba un sonido seco al caer. Las mujeres con las que se había encontrado hasta hace unos momentos, entraron en una crisis nerviosa. Estaban en manos de la muerte y esta vez no había escape. No había esperanza. No, fe. El resto de asesinos reía mientras Heimdall seguí sosteniendo la cabeza sin vida de la pobre víctima. El líder de aquella legión siniestra reía también mientras aplaudía. “Bien, bien. Excelente”. Subió a un pequeño montículo para hacerse ver y oír por todos.
“Enfrenten su destino. Todos ustedes están muertos. Lo estaban desde el momento que despertamos, solo que no lo sabían. Su raza, ya no existe más. No hay salvación. No esperanza. No fe. Su salvador,... sus salvadores... están muertos también. Y muy pronto lo descubrirán”. Al decir esto una mueca, mezcla de burla y muerte, se dibujó en su rostro. El resto de sus hombres lo acompañaron en el gesto también. “Y ahora, compañeros de armas, demuestren su lealtad”, dicho esto cada uno, de los cabellos, tomó un prisionero. El terror se dibujó en los ojos de los cautivos. Los sollozos se incrementaron, junto con los gritos. Era un concierto que nadie quisiera oír. Era el canto de la muerte.
Lentamente, se acercó a una pequeña niña sola. Sus padres quizá se encontraran en medio de aquellos cadáveres o quizá habían tenido la suerte de perecer en alguna de los edificios que se habían venido abajo, teniendo la suerte de evitar tal visión. Al llegar a ella, posó su mano y empezó a acariciar su cabello. “Tan hermosa”, acariciando su rostro. “La era del hombre ha terminado. La casa de los Ases está muerta. Los dioses están muertos. Solo estoy yo”. Levantó su puño y la terrible daga de luz brilló.
“Sientan la gloria”, levantando la voz, “la raza de los hombres ha muerto bajo mi puño, el puño de Thor, dios...”
El cielo se cerró, oscureciéndose. En cuestión de segundos. Un relámpago venido de la nada rasgó el cielo.
“No eres un dios”, se escuchó.
La nube de polvo que levantó la caída del fenómeno se esfumó rápidamente.
“Yo... soy Thor”
Eric había regresado. Mientras el poderoso martillo relucía en su mano.
